Va paseando por la calle buscando una tienda o una cafetería en donde poder sentarse, para tomar una gaseosa fría, con escarcha, quitarse los zapatos para dejar ventilar los pies y sentir cómo laten al compás del acelerado corazón, primero fuerte y luego débilmente, débil, débil como muriéndose. ¿Dónde estarán las tiendas, los restaurantes? En esta parte de la ciudad no hay ni supermercados ni nada parecido. Duda pero lo confirma el ruido alrededor: todavía hay casas, es inevitable sentir el olor de la gente que camina a su lado.
Está soportando el movimiento convulsivo de las personas y sintiendo todo. Sabe qué es sentir todo. Una persona aparte es como una molécula de agua; reunida es un mar, pero uno bien revoltoso, con olas furiosas en continuo vaivén y siento que me voy a desmayar, que tengo una urgencia al baño y está a punto de creerse que está en el mar y puede depositar sus deshechos sin preocuparse. Siente igual estar parado como un imbécil en la mitad de la calle y en peligro, porque el semáforo ya cambió (está en amarillo) y en pocos segundos llegará el caudal de carros hasta él: siente igual estar saltando olas en una playa; igual estar esperando para entrar a un baño. Todo, al fin y al cabo, se siente igual. Hacer cualquier cosa es pesadez desde los ojos hasta los pies; todo es hormigueo viajando a través del cuerpo; todo, siempre, pica en la cara, hace que el cerebro se sienta hinchándose y den ganas de empezar por fin a diluirse.
Está poniendo en peligro la vida mirando a diestra y siniestra. A la primera no vienen carros. Desde la segunda cruzó uno por enfrente. Ha sonado algo estruendoso en su oído pero no ha podido localizarlo en el tiempo ni en el espacio. No sabe en dónde están los ruidos del pito, del carro al frenar en seco, el grito del mar y las caras de miedo de sus moléculas tan opacas, tan grises que parecen evaporarse; tampoco sabe en dónde habrá quedado un breve quejido suyo. ¿Dónde quedaron? Le resuena en la cabeza pero siente que todo –hasta los ruidos- se le está saliendo por el hilito de sangre que va manchando el pavimento y que se siente tan caliente. No ha logrado atinar si lo que ahora piensa es antes o después de este dolor tan inmenso que le recorre el cuerpo, tan parecido a esa sensación de toda la vida, igual a la sensación de estar vivo. Tal vez haya pensado que vivió como si estuviera muerto, o que la vida se siente igual a estarse muriendo.
O, más simple todavía, tal vez lo que pensó fue que si se podían saltar las olas, ¿por qué no saltar los carros?
Está soportando el movimiento convulsivo de las personas y sintiendo todo. Sabe qué es sentir todo. Una persona aparte es como una molécula de agua; reunida es un mar, pero uno bien revoltoso, con olas furiosas en continuo vaivén y siento que me voy a desmayar, que tengo una urgencia al baño y está a punto de creerse que está en el mar y puede depositar sus deshechos sin preocuparse. Siente igual estar parado como un imbécil en la mitad de la calle y en peligro, porque el semáforo ya cambió (está en amarillo) y en pocos segundos llegará el caudal de carros hasta él: siente igual estar saltando olas en una playa; igual estar esperando para entrar a un baño. Todo, al fin y al cabo, se siente igual. Hacer cualquier cosa es pesadez desde los ojos hasta los pies; todo es hormigueo viajando a través del cuerpo; todo, siempre, pica en la cara, hace que el cerebro se sienta hinchándose y den ganas de empezar por fin a diluirse.
Está poniendo en peligro la vida mirando a diestra y siniestra. A la primera no vienen carros. Desde la segunda cruzó uno por enfrente. Ha sonado algo estruendoso en su oído pero no ha podido localizarlo en el tiempo ni en el espacio. No sabe en dónde están los ruidos del pito, del carro al frenar en seco, el grito del mar y las caras de miedo de sus moléculas tan opacas, tan grises que parecen evaporarse; tampoco sabe en dónde habrá quedado un breve quejido suyo. ¿Dónde quedaron? Le resuena en la cabeza pero siente que todo –hasta los ruidos- se le está saliendo por el hilito de sangre que va manchando el pavimento y que se siente tan caliente. No ha logrado atinar si lo que ahora piensa es antes o después de este dolor tan inmenso que le recorre el cuerpo, tan parecido a esa sensación de toda la vida, igual a la sensación de estar vivo. Tal vez haya pensado que vivió como si estuviera muerto, o que la vida se siente igual a estarse muriendo.
O, más simple todavía, tal vez lo que pensó fue que si se podían saltar las olas, ¿por qué no saltar los carros?