пятница, 10 сентября 2010 г.

EN TRES MINUTOS

Va paseando por la calle buscando una tienda o una cafetería en donde poder sentarse, para tomar una gaseosa fría, con escarcha, quitarse los zapatos para dejar ventilar los pies y sentir cómo laten al compás del acelerado corazón, primero fuerte y luego débilmente, débil, débil como muriéndose. ¿Dónde estarán las tiendas, los restaurantes? En esta parte de la ciudad no hay ni supermercados ni nada parecido. Duda pero lo confirma el ruido alrededor: todavía hay casas, es inevitable sentir el olor de la gente que camina a su lado.

Está soportando el movimiento convulsivo de las personas y sintiendo todo. Sabe qué es sentir todo. Una persona aparte es como una molécula de agua; reunida es un mar, pero uno bien revoltoso, con olas furiosas en continuo vaivén y siento que me voy a desmayar, que tengo una urgencia al baño y está a punto de creerse que está en el mar y puede depositar sus deshechos sin preocuparse. Siente igual estar parado como un imbécil en la mitad de la calle y en peligro, porque el semáforo ya cambió (está en amarillo) y en pocos segundos llegará el caudal de carros hasta él: siente igual estar saltando olas en una playa; igual estar esperando para entrar a un baño. Todo, al fin y al cabo, se siente igual. Hacer cualquier cosa es pesadez desde los ojos hasta los pies; todo es hormigueo viajando a través del cuerpo; todo, siempre, pica en la cara, hace que el cerebro se sienta hinchándose y den ganas de empezar por fin a diluirse.

Está poniendo en peligro la vida mirando a diestra y siniestra. A la primera no vienen carros. Desde la segunda cruzó uno por enfrente. Ha sonado algo estruendoso en su oído pero no ha podido localizarlo en el tiempo ni en el espacio. No sabe en dónde están los ruidos del pito, del carro al frenar en seco, el grito del mar y las caras de miedo de sus moléculas tan opacas, tan grises que parecen evaporarse; tampoco sabe en dónde habrá quedado un breve quejido suyo. ¿Dónde quedaron? Le resuena en la cabeza pero siente que todo –hasta los ruidos- se le está saliendo por el hilito de sangre que va manchando el pavimento y que se siente tan caliente. No ha logrado atinar si lo que ahora piensa es antes o después de este dolor tan inmenso que le recorre el cuerpo, tan parecido a esa sensación de toda la vida, igual a la sensación de estar vivo. Tal vez haya pensado que vivió como si estuviera muerto, o que la vida se siente igual a estarse muriendo.

O, más simple todavía, tal vez lo que pensó fue que si se podían saltar las olas, ¿por qué no saltar los carros?


Escena 2

Con sólo tronar los dedos de su mano derecha podía escaparse de las llamas que lo rodeaban. Sabía evadir las balas y embarazar mujeres con el sólo fuego de su mirada diabólica. Por eso le decían el Diablo, Satanás, el demonio que había tomado forma humana. Algunos decían que tenía pacto con el diablo, que le había concedido el don de la inmortalidad en la tierra a cambio de que le enviara millones de almas cuyos cuerpos hubieran sido cruelmente asesinados. Otros decían que era el diablo mismo que había decidido venir a la tierra a recuperar las almas que dios le podría robar. Por eso podría haber tenido cola y patas de cabra, pero nadie lo puede asegurar. Tal vez alguien en una noche bochornosa pudo ver el brillo de sus cuernos de fauno salvaje, pero sólo fue una corta impresión. Podía cruzar el Magdalena a lo ancho, de una orilla a otra sin respirar, río arriba o río abajo, sin importar que tan fuerte fuera la corriente. Varias veces lo atrapó la policiía y se escapó estando ya esposado, amarrado y hasta encadenado, rodeado de decenas de hombres armados que le apuntaban. Se podía simplemente evaporar en el aire frente a la mirada perpleja de todos.
La única forma de matarlo fue esperarlo dentro de la choza en la que vivía una de sus amantes, la preferida. Entraron a media noche y la encontraron ya acostada, con un hijo en la cama y el otro en las entrañas. Primero la violaron enfrente del niño. Luego mataron al niño, enfrente de la madre. Y luego la amarraron a ella para que pudiera contestarle al marido cuando llegara, y no sospechara nada. El llegó poco antes del amanecer. La llamó susurrando y ella le contestó en el mismo tono. Él entró y todos le cayeron encima. Uno lo agarró por el cuello, otro de los brazos y le echaron gasolina. Lo quemaron vivo, sin que pudiera hacer nada para salvarse de esta. Lo descuartizaron para mostrarlo en todos los pueblos en que aterrorizó y maravilló a todos.
Aunque algunos dicen que escapó en llamas y se botó al río para apagarse en las aguas mientras cruzaba a la otra orilla.
Pero nadie lo vio más.

Escena 1

Escena 1


Cuando entraron en la casa con antorchas y unas cuantas escopetas viejas, el pavor ya se había hecho tan fuerte en todos los que estaban dentro, que el cuerpo, por no poder temblar más, se había quedado paralizado. Mientras recorrían todas las calles del pueblo, se escuchaban sus gritos con consignas y unos pocos y sofocados gemidos de quienes iban atrapando y eliminando fulminantemente de un solo tiro. Consignas, el disparo, el gemido. Y unos gritos de mujeres llorando a sus muertos. Y el llanto de unos niños asustados por el alboroto y los gritos de sus madres. Cuando el alcalde se coló por la ventana ya no parecía un ser humano. Se veía como un alma en pena, de esas de los cuentos de espantos. Alumbraba su piel pálida y verde a la media luz. Entró y no pronunció palabra. Se le dejó entrar y esconder en uno de los armarios del cuarto principal. Golpes en la puerta. Silencio anterior a la muerte. El timbre en los oídos que anuncia un pronto desmayo. El mundo mediado por una pantalla blanca y brillante, barrera contra el mundo. El mundo no traspasa, los ojos no pueden verlo. Caras al otro lado de la puerta titilando al ritmo de las llamas que la leve brisa de la madrugada mueve caprichosa. Escopetas oxidadas por la humedad de todos los rincones de este pueblo fértil, de lluvias todo el año sin descanso. Unos cuantos pasos hacia el frente y ya están dentro de la casa. Buenas noches, por acá no se habrá metido un bandido, prófugo de la justicia? Aquí no hay nadie que no sea de la familia, sargento, si quieren, pasen y revisen. Las sombras se mueven por las paredes, suben y bajan del suelo al techo y al revés. Se hacen grandes en el centro de las paredes, luego pequeñas en los rincones. Susurros, golpes de botas contra el piso, pasos pesados de hombres bien alimentados. Un olor a gasolina se apodera de la casa. Gasolina mezclada con sudor. Sudor mezclado con sangre. Han disparado desde lejos a sus enemigos, pero la muerte se les ha ido pegando a la piel. En la penumbra sólo se perciben ojos abiertos de pupilas dilatadas, fosas nasales muy abiertas también que aletean tratando de capturar oxígeno entre la humedad. Revisan debajo de las camas, en las alacenas de la cocina, en muchos de los armarios. No hay nada, mi sargento, la casa está limpia. Discúlpenos señora, por las incomodidades. Ojalá no tengamos que volver, usted sabe…
Se van.