четверг, 10 сентября 2009 г.

DE ABURRIMIENTO UNA NOCHE

Salimos del club ya casi a las tres de la mañana. ¿Qué hacer? No lo habían cerrado todavía, pero ya se había convertido en algo insoportable el olor a cultura e intelecto. Todos estaban sentados fumándose sus cigarrillos con aire de sabiduría y meditación profunda (un aire que por lo general me da náuseas, físicamente hablando), y escuchando el jazz suave que casi ni se percibía. Así que antes de quedarnos dormidos, salimos a caminar, a recorrer la ciudad, también aprovechando que el invierno todavía no había llegado y se podía tranquilamente estar en la calle sin congelarse. Regresar a casa es imposible a esa hora. En primer lugar, el metro está cerrado y en segundo, tomar un taxi es un lujo inconcebiblemente caro e innecesario. Por lo demás, el alcohol en la sangre no tenía la gradación suficiente que le hace a uno disfrutar cualquier ambiente y bailarse hasta un ritmo hecho con las palmas.

En pleno centro moscovita hablar con la gente es fácil. Con borrachos, sobre todo. No están ya las familias de perros callejeros cuyas trazas se pueden seguir por las calles latinoamericanas en las madrugadas de aburrimiento e insomnio, así que seguimos a un par de rusos borrachos y comunicativos. No es algo difícil de encontrar tampoco, pues generalmente los rusos son borrachos, y cuando están borrachos son muy comunicativos.

Estuvimos caminando casi una hora hasta que nos cansamos. Compramos unas cervezas y nos sentamos a hablar en un parque, al lado de una estación de metro. Mis dos compañeros de ruta buscaban casi con desespero alguna muchacha a la que aunque fuera pudieran ver y cuya belleza pudieran apreciar, decir lo buena que está y en fin, comentar entre ellos las bondades con las que la naturaleza la ha adornado. Pero a esta hora la única que podía hacer este tipo de comentarios era yo, porque en la noche hay sobre todo (y casi sólo) hombres. Pero ni eso, porque los tipos que nos habíamos encontrado no los merecían. Finalmente se aburrieron de nosotros y se fueron, y nos quedamos de nuevo los tres, sentados, hablando, contemplando el precoz amanecer de las cuatro de la mañana. Sin nada que hacer y ociosos, se nos ocurrió que podríamos distraernos un poco si nos besábamos entre nosotros. Así lo hicimos un rato, pero luego yo confesé que no sacaba ningún placer de esta situación, pues a ellos ya los había besado en otras ocasiones y se me hacía monótono. Entonces como enviados del cielo aparecieron dos bellezas engendradas por la madre Rusia, por supuesto no hablaban español y ya cuando interactuaban con nosotros mis amigos me retaron a que yo no sería capaz de tener algún acercamiento sexual con alguno de ellos.

La sola idea del hecho como reto me sacó de la modorra en que estaba y acepté con mucho gusto. Para sorpresa de mis amigos, uno de los tipos quedó maravillado con mi belleza. Pero me hice de rogar cuando me pidió por favor dejarlo tocar un pedacito de mi mano aunque fuera con la puntica de su dedo. Me había interesado más su compañero, pero la apuesta no había especificado nada. Así que el juego podía continuar. Finalmente acepté su mano que agarré rápidamente y más fuerte de lo que él esperaba pero con sutileza. Y con la misma expresión la llevé a mi boca primero y la deslicé hacia mi pecho, y luego levantándome un poco la falda, la puse entre mis piernas. Estaba tan sorprendido que no sabía qué hacer, pero antes de que reaccionara, ya me había puesto de pie y lo estaba besando. Pensó que era una prostituta y avergonzado, dijo que no tenía dinero para pagarme y se fue. De hecho se fueron los dos. Pero yo había ganado mi apuesta. Discutimos divertidos, recordando la cara que había puesto, su reacción de asombro y el hecho de que dijo que no podría pagar cuando nadie le estaba cobrando nada. Así pasó otra media hora, hasta que empezamos a repetirnos en comentar los detalles y el aburrimiento nos devolvió al querer encontrar algo nuevo para distraernos. Pero pronto apareció de nuevo su amigo y me pidió por favor que disculpara al otro por su estupidez, que hacía falta ser un idiota para rechazar a una belleza como yo. Le dije que mi intención nunca había sido cobrarle a nadie, y mis amigos ya no podían sostenerse de la risa. El tipo sacó una cámara de su maleta y me dijo que tenía algo muy loco que pedirme, que nunca había visto a una chica tan linda como yo, ni mucho menos la había besado, así que quería besarme y tener un recuerdo de tan glorioso momento.

Nos alegramos de haber encontrado por fin al pervertido que nos sacara del hastío y nos pusimos manos a la obra. No iba sólo para un beso, por supuesto, pero yo le dije que era aburrido tener sexo y ya, siempre lo mismo, que mejor pensábamos en algo más interesante. De una vez le aclaré que no me interesaba el sexo en grupos porque es lo mismo pero con más gente, y mis ganas no son tan exhuberantes como para desear a tanta gente al mismo tiempo.

Le conté que mi esposo me esperaba en casa durmiendo, que lo imagináramos cómo podría estar soñándonos. Que yo corro mi falda y hundo mi mano entre mis piernas, que él mismo vea cómo está ya todo húmedo y me ayude con sus manos pero en otras partes del cuerpo, mientras yo uso mis pies con él. ¡Y todo en la cámara! Pero él no se quiere conformar con este juego y ya, quiere más e intenta completar todo. Pero yo no quiero, categóricamente me niego. Así que la lucha comienza. Sinceramente no quiero, me está dañando mi fantasía y no quiero contagiarme de nada. ¡Yo no quería!, pero él me sujeta fuerte de las manos y me da un par de golpes, por perra, porque él quiere completar todo. Y mis amigos creyendo que es lo que quiero siguen encantados grabando. Y me viola, por todas partes me penetra, mientras yo sollozo porque los golpes no me dejaron ni fuerzas para gritar. Y termina y la pesadilla se acaba, pero de alguna forma yo también quedé satisfecha, y no sólo porque terminó sino porque no sé de qué forma he tenido uno de los orgasmos más intensos de mi vida. Y cuando termina, me toma con suavidad la cara con sus manos, me besa y me pide disculpas, y me da las gracias. De hecho a todos nos agradece, recoge su cámara y se va. Ya han abierto el metro, así que volvemos a casa. Y yo voy a mi casa, en donde me espera durmiendo mi esposo, sin haberme soñado.





Moscú, Agosto de 2006.

LLORONA

Ahora que vago por mundos que no conozco, y que en momentos creo conocer, no puedo comprender o deducir la verdad de lo que me trajo aquí. ¿Es una pesadilla lo último que recuerdo? ¿Fue el peor de los sueños o así sucedió realmente? Ya no sé cuántos días o semanas o años, o tal vez siglos, he estado en este encierro. No puedo dejar de caminar y gritar, y llorar y llamarlo sintiendo que se me desgarra el alma, el pedacito de alma que me quedó después de este dolor que la mató. Y no entiendo por qué, cuando las personas me ven, salen corriendo, gritando, llorando también, como si hubieran visto la muerte de frente, como si los estuvieran torturando. Veo en sus caras el terror, el mismo que llevo dentro, y que me hace gritar de esta forma… y cuando los veo parece que sus rostros fueran el espejo que refleja mi alma atormentada. Ahora carezco de esa noción del tiempo y del espacio que tenía tan clara antes de aparecer en este túnel. Antes de sentir los olores de la gente, y de escuchar y comprender lo que sus almas dicen. Antes de todo eso podía asegurar el momento o el lugar en que me encontraba. Tenía una noción de secuencia temporal: me decía, este fue el pasado, este es el presente, de esta forma planeo el futuro. Todo cambió. Estoy en el laberinto del tiempo. Y del espacio también. Las calles de todos estos pueblos en los que tarde de noche aparezco son todas iguales. Todo es igual. Y no sé en dónde estoy. A cada parpadeo que doy estoy en otro lugar; a veces estoy junto a estos ríos ruidosos que me desesperan, que gritan y lloran y se quejan de su eternidad, y otras sólo estoy en este agujero húmedo y oscuro, en el que todos los ruidos que vienen de no sé dónde retumban entre las paredes de mi cráneo. Y esta es la eternidad. Es mi eternidad.
La humedad se pega en la piel, y si trato de removerla, el sudor de mi mano la aumenta en mi frente. Se mete en mis fosas nasales, y ¡me ahogo! Me ahogo como él, así como se veía su carita sumergiéndose en el agua, ¿y quién lo sumergía ahí? ¿Por qué lo estoy sumergiendo ahí? ¿Por qué su cara se va hinchando poco a poco, como se me hincha la mía a cada respiro que doy de humedad y agua, este río que grita y no me deja pensar?
Parece ser siempre de noche. Tal vez por eso puedo escuchar hasta el ruido más leve, como el de una hoja cuando cae, o como cuando alguien susurra o respira. No hay silencio en mi cabeza, se llena de todos los sonidos de la noche y ¡no me dan paz! ¡No se callan! ¡No se van! Es el susurro eterno de la vida que siempre se renueva, que no se detiene, que parece un carro halado por caballos desbocados y enfurecidos, sin final. Y esa es la eternidad.
Y cuando cierro los ojos y todo es oscuridad, veo las imágenes de lo que hice. Una y otra vez está mi hijito entre mis brazos y su carita se hunde en las aguas revueltas ruidosas desesperadas. Y cuando desperté ya no supe si lo hundía o lo sacaba. No quiero saber. Sólo grito y lo busco, lo busco en cada rincón de las riberas de estos ríos escandalosos que no quiero seguir escuchando ni viendo. Pero que no veo, todo está tan oscuro y abro los ojos y la oscuridad sigue allí; y están estos árboles que parecen monstruos que me van a devorar y van a devorar el cuerpecito frío, morado de mi bebé, y ya vuelvo a cerrar los ojos y no lo veo más, ¿en dónde está? Todo es oscuridad y me invade el frío de su cuerpo, ya no siento más su vida que latía contra mi pecho. Y esta es la eternidad.
Miro hacia arriba, estoy en el fondo del abismo. Esas montañas son inmensas, ahí están impasibles, durante siglos.

Y esa es la eternidad.

2005

PERDIDO EN LA CIUDAD


Se había estado despertando durante toda la noche, una vez cada media hora, con la sensación de no saber en dónde estaba, y de estar repitiendo escenas de su vida pasada en diferentes momentos en variados lugares. Por eso, ya a las siete de la mañana, cuando definitivamente ya tenía que levantarse, lo atacaba un dolor de cabeza intenso, un sabor amargo en la boca, seca, como si hubiera estado tomando alcohol durante toda la noche, y la sensación de un taladro penetrándole todos los músculos del cuerpo al mismo tiempo, desde la cabeza hasta los pies. Todo lo hizo según la costumbre diaria, y salió a la calle, inusualmente vacía, fría, extraña. Sinitió estar como en un sueño, pero por alguna razón tenía la certeza de estar despierto, y sabía que sus impresiones eran producto de una mala noche, del cansancio acumulado de varios días de trabajo sin un buen descanso. Sólo una ilusión, como el deja-vu, en el que se cree ya haber vivido una situación específica, pero de hecho es simplemente un ‘error’ en la comprensión lineal-temporal del cerebro. Sólo algo físico a lo que se le han dado explicaciones místicas y sobre lo que se especula.
Pero en la calle no hay carros, no hay gente, no hay ni siquiera perros, gatos, pájaros. El viento tampoco sopla y es agosto, famoso por sus fuertes vientos en esta zona del mundo. A veces tan fuerte que no se puede caminar en la dirección deseada sin tener que detenerse y esperar a que pase un poco la ventisca. Y hoy ni siquiera puede percibir una brisa suave, ni nada que anuncie que el mundo está activo. Mira al cielo, no hay nubes y la claridad del día no parece resultado de un sol vivo que alumbre y caliente. No hay nubes y sin embargo hay un color gris en todo, como cuando está a punto de llover. El frío es intenso.
Sigue caminando hasta la parada del bus. Ya habrán pasado veinte minutos y la ciudad sigue sin dar señales de vida. Llega a su primer destino y espera, solo, y por la avenida no pasa ningún carro. Tal vez hoy es domingo, y es tan temprano, por eso la gente en la ciudad no se dirige a sus trabajos ni a ningún lado por ahora. Nadie trabaja, nadie estudia hoy. Mira su reloj, que junto con él es el único que se mueve. La fecha no muestra un domingo, de eso está seguro.
Es inútil seguir esperando. Va a llegar demasiado tarde al trabajo. Tal vez hoy haya paro de transportadores, por eso no hay buses ni taxis. Sabe que a pesar de los paros y huelgas en su oficina siguen trabajando, como si nada pasara, pues la mayoría de sus colegas tienen carro particular, por eso decide irse a pie. Tal vez se tarde una hora, pero ya la curiosidad ha crecido y quiere ver si en otras partes de la ciudad todo está como acá.
Camina, camina. No hay nada abierto, no hay nadie. Está solo en la ciudad. ¿Cómo pudo haber pasado? Tal vez hubo una orden de evacuación mientras dormía. Tal vez empezó una guerra y todos huyeron. Tal vez tuvo un ataque de algo que lo mantuvo en coma durante varios días y mientras estuvo inconciente sucedió no sabe qué terrible acontecimiento y todos huyeron o murieron, o quién sabe qué. Pero una guerra cómo pudo haber habido, todo está en su respectivo lugar, no hay nada destruído, ni ruinas ni nada por el estilo, y, de todas formas, en caso de guerra habría muertos en la calle, alguna señal de violencia y destrucción. El frío es muy intenso, todo es tan gris, pero no en color, sino en sensación. Empieza a temblar no sólo por el frío.
Decide entrar en una casa, comprobar si hay gente en la ciudad. Escoge una casa cualquiera y primero golpea a la puerta. Suave y poco a poco con más fuerza, casi con desesperación, hasta que empieza a involucrar golpes, puños, patadas que acompaña de gritos, gritos que piden que le abran y lo dejen entrar. No recibe ninguna respuesta y decide forzar la puerta y entrar por sí mismo. En caso de que llegue la policía pensarán que padece de alguna ‘situación mental’, así que no lo confundirán con un ladrón o asaltante. Pero dentro de la casa no hay nadie. Todo está en orden. Hay un reloj en la pared que se mueve perfectamente al ritmo de su reloj de pulsera, que marca la misma hora y que no da señales de anormalidad temporal en el mundo. Repite esta misma acción en varias casas más. Empieza a desear poder despertarse en cualquier momento, pero, ¿por qué sigue teniendo la certeza de que no está durmiendo? El frío es intenso. Muy intenso. Demasiado intenso.
Durante todo el día hace lo mismo. Entra en casas, con la esperanza ahora de que llegue la policía y lo lleve preso. Pero la ciudad sigue vacía. Se devuelve a su casa, se acuesta en la cama y trata de cerrar los ojos, para que cuando los abra otra vez las cosas hayan recuperado su orden. Mañana seguro irá a trabajar, incluso si no hay carros irá a pie, ya sin distraerse en entrar en casas de desconocidos. Y cierra y abre los ojos, una y otra y otra vez. Toda la noche. Una vez cada media hora. Y cuando en la mañana se despierta, pues ya son las siete y debe prepararse para ir al trabajo, ¡el frío es tan intenso!, tiene un dolor de cabeza fuerte, la sensación de haber estado corriendo toda la noche y un dolor en todos los músculos del cuerpo, como si un taladro le hubiera estado perforando cada parte de su ser. Sale a la calle, pero no hay carros, ni gente, ni gatos ni perros ni pájaros. Todo sigue vacío. El frío es muy intenso.
Moscú 30.10.06