среда, 3 сентября 2008 г.

Esperando

Estaba sentada en la recepción de mi hotel leyendo mientras esperaba el autobús que debía recogerme para ir al aeropuerto, ya de vuelta a ‘casa’ y en consecuencia, si he de alargar la historia, para tener que retornar a la ciudad de donde había salido, a mi vida usual, monótona y aburrida de gran ciudad, de trabajo de oficina de nueve a cinco y a veces hasta más tarde, no por vocación sino elongada por voluntad propia , por el temor de regresar a casa, y encontrar ahí la soledad, la misma de siempre, en un lugar en donde ni gato ni perro ni humano me esperaban, tal vez sólo el televisor, que ni activo, que sólo puede esperar si lo enciendo, ya luego de llegar, de comer algo, de tomar una ducha super caliente que combate el frío de estas tierras lejanas, nórdicas, heladas, nevadas seis meses del año mientras los seis restantes hace un frío ya soportable, pero frío al fin y al cabo. Tierras congeladas en todos los sentidos.

Y así sentada esperaba el regreso no prometedor, leyendo, escuchando música y cantando casi como en un murmullo, todo al mismo tiempo para evitar pensar y evitar que mi futura realidad (realidad permanente y real, pero en aquel momento vista como realidad de pasado proyectada al futuro) me cayera como un costal de piedras sobre la cabeza. Sin embargo hacer varias cosas al tiempo implica a fin de cuentas no hacer nada, y como no tenía la concentración realmente fija en algo, empecé a divagar. De hecho, más que divagar, empecé a recordar tiempos ya lejanos, lejanos en el tiempo y en la distancia, de cuando no tenía que pensar con desilusión y desgano en regresar a casa para encontrarme de frente con la soledad de mi lugar.

Empecé a recordar experiencias decisivas para mi vida, pero que de alguna forma borré para no poderlas contrastar con mis fracasos. O tal vez ellas en sí mismas fueron fracasos que me llevaron a más fracasos y en tanto no había querido recordar. Pero entonces me sentí aún más desdichada pues descubrí en el tono de mis pensamientos el mismo que me ha aburrido toda la vida de la gente mayor, que recuenta su vida, ya asumiendo la distancia que da la ‘sabiduría’ y añorando “oh, en aquellos tiempos todo era diferente” realmente queriendo decir “yo no fui siempre este ser decrépito, acabado y ajado que tienes en frente ¡no!, yo también sentí, amé y fui hermoso”, como único recurso la palabra, pues nadie creería que detrás de tantas arrugas y falta de energía haya podido existir un joven con ganas de vivir y ‘hacer locuras’.

Así que me aburrí y entristecí de mí misma. De ‘escucharme pensar’ en tal tono, patético y por lo demás inadecuado, al fin y al cabo no paso de los cuarenta todavía, no estoy tan gorda ni tan fea, y de hecho no tengo ni arrugas ni canas. Sólo que mi vida se volvió aburrida de un momento a otro, o tal vez fue un proceso lento llevado a cabo tan constante y progresivamente que ni me di cuenta de cuándo yo misma me volví esta clase de mujer tan exitosa en los ojos de los demás pero tan fracasada para mí misma, porque ¡dios mío!, me convertí en un clishé. Soy la típica algo. La típica mujer sola, trabajadora. La típica mujer de treinta y tantos, ni tan delgada ni tan gorda, ni tan acabada ni tan conservada. La típica chica de rasgos oscuros... así me decían en la universidad... siempre he sido la típica algo. Y ahora he llegado al punto de lo típicamente patético. Estoy sentada esperando el autobús para volver convirtiéndome en la típica persona que recuerda sus ‘años mozos’. Simple y llanamente PATÉTICO.

Después de tan larga reflexión ya hasta me olvidé de cuáles eran esos recuerdos que tanto me estaban haciendo por un momento anhelar el pasado. Y la verdad también me empezó a poner un poco nerviosa uno de los tipos del hotel que venía de un lado para otro, me miraba, trataba de llamar mi atención. Luego de rondarme y sonreirme se sentó al frente de mí, en la sala de espera mientras hablaba (asumo) con el dueño del hotel. Se me pareció un poco a alguno de los protagonistas de mis recuerdos de unos minutos antes. Y empezamos a hablar. De hecho él empezó a hablar conmigo y yo apenas contestaba, pero la verdad estaba más pensando en tratar de encadenarlo temporalmente con algo pasado. Y, en fin, parece que ya me he convertido en el típico ser humano que se niega a conocer algo nuevo y comprenderlo en su real dimensión como algo independiente, y debe vincularlo a algo que ya conoce, convirtiendo al resto de seres humanos en tipos humanos, aplicando una psicología barata y sistemática. He retrocedido un siglo, ya me volví ahora positivista, naturalista.

Cuando menos me di cuenta, mi boca iba por un lado y mi cerebro por otro. Hasta le dije que estaba casada (yo, que no tengo ni siquiera novio o un amigo con el que de vez en cuando nos podamos ‘hacer el favor’, ni siquiera puedo recordar cuándo fue la última vez que tuve sexo con alguien). Y cuando escuché a mi propia voz diciendo eso, sentí que me desperté por unos segundos, para recriminarme el haberle dicho semejante mentira tan estúpida, pero inmediantamente volví a caer en el estado de dicotomía, de palabra independiente al cerebro, arrepintiéndome de todo lo que seguía y seguía diciendo. Cada palabra que pronunciaba me sonaba como un eco en la cabeza “casada casada casada” acompañada de su respectivo par de reprensión y arrepentimiento “estúpida estúpida estúpida, cuándo volveré a tener la oportunidad de hablar con un tipo tan bueno, (porque de verdad que está bien bueno, alto, grandote, realmente un monumento a su etnia) y que se muestre tan interesado en mí. Mira cómo vuela tu posibilidad, estúpida” y luego “sí, vivo muy feliz, excelente trabajo, vida llena de amigos muchos amigos, que ni me alcanza el tiempo para visitarlos a todos o recibir sus visitas” e inmediatamente el eco “amigos amigos amigos” y en consecuencia “estúpida estúpida estúpida, a quién quiero engañar, si tengo un buen trabajo se debe sólo a que he estado tan obsesionada con mi perfeccionamiento profesional, con escalar y escalar que he pasado por encima de todo el mundo, amigos, conocidos, y hasta por encima de mí misma, porque he alejado a todas las personas que medio me querían y me dejé absolutamente sola, hasta el punto de que no tengo ni un solo amigo que me llame cuando estoy enferma a preguntarme cómo me siento, qué necesito, pues los pocos que me querían –y los que nunca me han querido también- me conocen como un ser egoísta e interesado, completamente oportunista, y aquí estoy yo diciéndole a alguien que, si bien no para sexo podría convertirse en mi amigo, ya que me empieza a conocer no desde mi ángulo ‘profesional’, que podría verme como algo diferente a lo que he sido con mis conocidos durante los últimos años, y aquí estoy pretendiendo ser y tener lo que no existe en mí”. Y así sucesivamente hasta que miré el reloj y expresé mi ‘afán’ por volver a mi mundo de hadas para encontrarme de nuevo con mi maravillosa vida. Y él, ya con expresión de estar decepcionado, no supo más qué decir.

Su autobús llegó y se fue, y ahí seguí yo esperando y esperando al mío que se retrasó más de una hora, pero yo no podía demostrar y no demostré mi preocupación al resto de gente que estaba ahí y me miraban con curiosidad y admiración por todo lo que había dicho que era. Pero en fin, en el aeropuerto lo volví a ver, con un salto en mi corazón al ver su sonrisa también emocionado por el encuentro de nuevo. Así viajamos en el mismo avión y al terminar el vuelo volví a hacer otra estupidez que fue pasar por su lado sin mirarlo siquiera, sin decirle adiós o pedirle el teléfono, porque podía estar ‘casada’ pero la infidelidad siempre es una posibilidad.

Entonces llegué de nuevo a la frialdad de este país, volví a mi apartamento que de hogar no tiene nada para recontarme la historia, jactándome conmigo misma de poseer todavía encantos de conquistadora, poniéndole y quitándole detalles a la historia para hacerla más interesante, más emocionante, haciendo de heroína de tan inolvidable experiencia ¡dios mío!, como hacen todos los típicos decadentes. Así que además de la ‘típica’ también me convertí en una decadente. Honestamente nunca pensé encontrarme en esta situación, verme a mí misma convertida en algo patético. Pero ya no podré echarme para atrás. Seguiré recordándome lo hermosa y maravillosa que he sido para reconfortarme un poco. Y luego me burlaré. Para compensar.

21 de Agosto de 2006

Despertar


Saco el piecito todavía tibio de debajo de las cobijas. Tímido apenas se asoma al mundo y antes de que yo abra los ojos, intenta descorrer la cortina para que la luz del día ¡tan temprano!, ilumine toda la habitación. Pero, ¡qué es esto!, son las ocho de la mañana y ni siquiera ha empezado a amanecer. El cielo está tan nublado que no deja que el calorcito del sol traspase hasta esta tierra de animales bípedos enfurecidos. ¿Cómo se supone que me voy a levantar de la cama e irme para el trabajo?, mejor me quedo acá durmiendo, y voy a hacer lo que digan mis ojos y mis ojos no se quieren abrir. Ni para qué abrirlos si ya sé exactamente qué voy a ver. Ahí está la mesa grande esa con el computador y la silla al frente como siempre, tan incómodos que de sólo pensar que me tengo que sentar toda la noche ahí ya me siento cansada. Y luego el baño, tener que ir, bañarme, vestirme, cepillarme los dientes. Más allá la sala, la cocina con la montaña de losa sucia que ya empieza a apestar de tantos días que lleva ahí estática, estática como mi vida, como mi cuerpo y como mi cabeza. Ni percibo el tiempo, ni cuando estoy acostada en esta cama, ni cuando tengo que caminar por la calle, ni cuando estoy sentada en el trabajo.

Ya ha pasado más de media hora. Una eternidad o un segundo no parecen diferentes. Miro el reloj colgando en la pared, se mueve pero no cambia nada. Todo sigue igual, la mesa, la silla, el computador, el baño, la sala, la cocina y la losa sigue apestando; afuera la ciudad, adentro yo. Y yo que no voy a abrir los malditos ojos para no encontrarme con el maldito mundo de frente, como quien se estrella contra una pared sin darse cuenta. Hoy no quisiera estrellarme contra el mundo, que apesta como mi cocina. Y para qué llegar al trabajo, tener que saludar con mi misma cara de culo a todo el mundo, esforzando la sonrisa para que no digan que estoy amargada. Y para qué tener que hablar con ellos, siempre contando sus mismas estupideces, esas ‘pequeñas cosas que hacen al mundo, mundo’. No piensan más sino en sus pequeñas tristezas y sus pequeñas alegrías, siempre contando las preocupaciones cotidianas. ¡Y a mí qué si sus maridos son infieles, si sus hijos salieron drogadictos y las hijas adolescentes tienen sexo ya (y con todos sus amigos) y ya están en boca de todo el vecindario! Y a mí qué si sus tripas no funcionan bien, tienen problemas de circulación, várices, celulitis, ¡cualquier mierda de esas! Si solucionan o no sus problemas no cambia el hecho de que al sol lo esté tapando la tormenta que está cayendo, sus decisiones o indecisiones no van a limpiar mi cocina ni a darme ánimos de levantarme hoy, o mañana, o cualquier otro día de la existencia a la que el ciclo de la naturaleza me condenó.

Nada de lo que pase en nuestras nimiedades cotidianas le va a dar movilidad al mundo que nos traga con su estática. Y ya se me hizo tarde otra vez para irme. Otra vez tendré que saltar al baño, no desayunar y correr al bus, lleno de gente, y todo se mueve, y todos gritan, y todos tienen caras de tragedia. El desorden de esta ciudad infernal. Ya es el medio día y no para de llover, todo sigue oscuro. Y llego al trabajo y todos están ahí tan sonrientes, otra vez tarde, como siempre, pero si no es de sorprenderse, y murmullos, quién sabe qué estuvo haciendo anoche, dicen que anda en no sé qué cosas, con el uno y con el otro, y claro, por eso siempre llega con esa cara, pero será que ninguno la hace feliz, porque después de una noche de pasión siempre queda una bien relajadita y ésta, pues, como un alacrán, cada vez peor. Pero hoy seguro la botan, si no sirve para nada. Y entro y me llama el jefe, que ya no se puede con usted, esta situación ya no da para más, ya no nos la aguantamos más, está despedida. Trabajo hoy y a las seis como siempre me devuelvo pero ya sin trabajo, igual da, todo sigue igual. Igual me subo al bus, lleno de gente, igual. Igual el conductor se nombra con otro a sus madres que no fueron propiamente unas santas, e igual llego a mi casa cansada a sentarme en el computador que me sigue esperando encima de su mesa con su silla, y la montaña de porquería apestosa en la cocina.

Y ya pasó media hora, ¡pero si dije que iba a dormir sólo cinco minutos! Ahora tengo que saltar al baño…









Agosto 2006.