вторник, 22 сентября 2009 г.

Sin entender

Podría describir el color y forma de cada uno de sus dientes, la forma de su boca, describir detalladamente cómo ésta se mueve cuando pronuncia cada palabra, cómo ejecuta cada gesto, describir cada gota de saliva que se le escapa al pronunciar ciertas consonantes, pero no puedo entender de qué me está hablando. Tal vez ya en mi cerebro no hay una cantidad suficiente de neuronas que le permitan un funcionamiento normal y yo no puedo razonar. Dicen que dormir demasiado mata neuronas, pero que no dormir lo suficiente también las mata. Las neuronas, dicen, también se mueren cuando hay emociones fuertes, se piensa demasiado e incluso cuando no se hace nada. Es decir, sea como sea, las neuronas siempre se mueren y se van a morir. Aunque ni siquiera lo intentes, hagas algo para cuidarlo o acabar con él, el cerebro humano se va consumiendo lentamente, sin esperanza, sin ninguna esperanza de recuperación, porque las neuronas no se reproducen, ni siquiera pueden recuperarse o regenerarse si han caído en algún estado... de enfermedad, tal vez cabría decir, no sé. El punto es que creo a veces reconocer algunas de las palabras que dice, a veces incluso entiendo una frase completa, pero el sentido... ¡el sentido!, el sentido de lo que dice es un misterio cada vez más inalcanzable para mí.

Quisiera poder entender al género humano cuando se da a través de la particularidad. No puedo entender por qué estoy sentada en este sitio escuchando a alguien que enreda hasta mi silencio. Por un momento he creído oir que callo porque nada me importa en la vida, y hasta he escuchado a mi propia voz decir en mi defensa que sí me importa, sólo que no sé qué decir. Su voz ha subido de tono, y acá es en donde me vuelvo a perder yo del camino que tejen los acertijos de su mente, y es que de verdad trato de comprender, pero ya me he olvidado por qué empezó todo esto, cuál fue el problema generador de esta situación, y no sé qué puede ser peor, si hablo digo la frase equivocada; decir sí no es la respuesta correcta, pero decir que no tampoco lo es. Así que callo y mi silencio tampoco acierta. Me pregunto qué querrá de mí, en qué lo podría ayudar yo, específicamente, si mi visión es corta con respecto a los problemas de la vida, si a veces me siento aburrida de mí misma, ¿no se aburrirá el también, digo, de mí? Yo no puedo ni comprenderme a mí misma, cómo puede pretender que lo comprenda a él, que sólo por el hecho de ser humano ya es complicado, situación que se agrava (para mí) si se considera que es ‘otro’ ser humano, y se agrava aún peor porque él mismo es muy complicado.

Me pregunto si habrá otra manera de formar pensamientos que no sea con ayuda del lenguaje. Tal vez mi problema es la falta de conocimiento de palabras necesarias que expresen y ordenen mis ideas. Tal vez es que no tengo ideas, por eso no puedo pensar, expresar lo que pienso, porque finalmente mi cerebro está totalmente vacío. Otras veces pienso que mi problema es que no puedo aprender nada nuevo. Que sólo repito y repito las ideas que ya he aprendido en algún momento de mi vida, y que por eso no puedo entender las cosas que van pasando a mi alrededor, porque son eventos nuevos, y en conclusión, no puedo entender a la gente, que es diferente siempre a lo que ya conozco. La personilla parlante que está sentada enfrente mío ha recorrido un trayecto demasiado largo, novedoso y sofisticado para este cerebro de fríjol que tengo. Fríjol tostado lo llamaría con más exactitud.

¡Cuántas horas ya habrán pasado desde que toda esta tragedia se comenzó a formar! Ya me empezó a dar hambre, ya me duele el estómago, y peor va la cosa ahora que me acordé de todo lo que hay en la nevera. Qué rico sería un pedacito de pan con queso para untar, y una tajada de jamón, del que compré ayer, estaba barato pero salió bueno. Al fin y al cabo el hecho de que algo sea barato no implica obligatoriamente que sea de mala calidad. O tal vez las naranjas, ni muy ácidas y no tan dulces, que me quitarían de paso esta sed que me está dando. Tal vez debería tomarme mejor un café bien negro, para quitarme el sueño que ya tengo de tanto escuchar y escuchar. Creo que lo dije en voz alta, porque mi parlante de hueso y carne ha dicho algo sobre intereses, otra vez, y balbucea repetidamente la palabra café café café. Pero bueno, por lo menos le he ofrecido café, negro, para que sigamos hablando, tranquilamente, como amigos. Siempre los amigos conversan frente a una taza de café y la cosa se hace más agradable. Se pueden hablar de las propias penas, de los dolores, y se comparten ideas. Me dice que está deprimido, pero yo no sé cómo yo afecto a su depresión, o cómo podría ayudarlo. Creo que de todos sus traumas lo único que puede salir es que de alguna forma me convierto yo en la encarnación de un culpable para sus dolores.

Dice que yo lo culpo de algo, pero no he abierto la boca sino para bostezar disimuladamente. No sé cómo me puede leer la mente, según él. O tal vez me conoce mejor de lo que yo misma me conozco. Según él, sabe qué es lo que estoy pensando en este momento, que él es un idiota, un estúpido y que no lo valoro, pero yo sólo estaba pensando en que no puedo entender porque la estúpida soy yo, y claro, ahora eso me ha convertido en una cínica sin remedio, menos mal no sabe que hasta estuve pensando en un delicioso sandwich que está esperando en la nevera a ser hecho y en consecuencia ser comido, porque no tendría sentido hacerlo y no comerlo. Dice que siempre me he creído superior a los demás, pero que él me ha puesto en mi sitio, me ha bajado de la nube, o me va a bajar, o alguien me va a bajar, no entendí.

Pero creo que el punto es que el mundo ha sido un lugar absurdo para mí, que las personas son algo inaprensible, que seré siempre una inútil para vivir en sociedad, pues no puedo captar y elaborar las tramas que siempre se cocinan dentro de los grupos humanos. ¿No sabrá que soy una incauta, que me pueden manipular de la forma que mejor le parezca, sin necesidad de esta verborrea ondulante, que me adormece y me espanta? Sólo tiene que usar un poco el cerebro y no tanto la lengua, y ya yo estaría haciendo todo lo que él quisiera, pero no, no está conforme, creo que lo que quiere es torturarme hasta la desesperación. Creo que tal vez se calmaría si yo empezara a llorar, como siempre ha pasado y así me diría que tiene razón, que siempre ha visto en mis reacciones histéricas mis pretensiones de manipularlo, y ya quiero darle gusto de una vez por todas, con tal de que se calle, de que me deje tranquila por un rato, quiero salir, darme una vuelta por el parque de enfrente, tomar aire, necesito un descanso, ya me gira todo todo me da vueltas. Quiero salir y no me va a dejar. Dios mío, qué he hecho para merecer esto, y por qué no podré yo misma hacer uso de tales artilugios, pero sí, sí los he usado, sólo que a mí siempre me sale todo al revés cuando intento hacer algo con un propósito, y por supuesto, siempre tengo que salir digamos perdiendo, aunque no creo que sea la palabra, porque significa que si yo pierdo, con respecto a él, entonces él tendría que salir ganando y yo no veo realmente qué es lo que gana.

Los deseos de poder sobre otros, ese es el punto. Por conseguir el poder es que han pasado tantas cosas en la historia, y eso debe ser lo que mueve a mucha gente a actuar de cierta forma. Tal vez yo también lo he hecho, ahora pienso, sólo que no me doy cuenta. Sí. Creo que ahora sé que siempre he sido estúpida, sólo que no me había dado cuenta. Sea lo que sea ya no me importa, estoy cansada, muy cansada, ya desde hace rato me duele la cabeza y tengo ganas de vomitar. Qué podré decir yo a todo esto, cómo me puedo salir de este enredo. Si por lo menos supiera de qué se trata este asunto, hasta podría decir alguna frase ingeniosa y cerrar con broche de oro, como dicen, todo esto. Pero no sé qué hacer. Ya tengo ganas de llorar. ¿No me podré ir ya a donde mi mamá? Que haga lo que quiera, ¡pero es lo que estoy tratando de hacer desde hace mil horas! Pero no puedo ser grosera e irme así no más, porque tengo la impresión de que no ha terminado de hablar. Sí, sí, sí, siempre es así, pretendo ser una niña bien educada y a fin de cuentas lo que soy es una orgullosa sin medida, que cree que el mundo no puede tocarla, pero es que no veo cómo acercarme yo misma al mundo, y ahora empieza con su psicoanálisis barato, que siempre he tenido resentimientos contra la gente de mi familia, no está muy seguro si contra mi papá o mi mamá. Dice que mi problema es que soy tan reprimida que no puedo ni recordarlo ni verbalizarlo. Bueno, él lo sabrá porque yo no me acuerdo de nada, y si fue así, pues no sé cómo pudo haberlo averigüado, porque yo no le he contado a nadie nada de lo que no me acuerdo y seguramente no ha pasado. O tal vez si pasó y sólo hablo de eso mientras estoy dormida, o las veces que me he emborrachado y no me acuerdo de nada más. No sé, no sé. Pero según sé de mí misma no me ha pasado nada terrible, ¿y si me lo he inventado? Podría él tener razón, y yo soy en verdad ese tipo de persona que se inventa historias dramáticas para provocar lástima en los demás y que hagan lo que ella quiera. ¿Pero para qué querría yo que él hiciera algo? Yo no quiero que haga nada, sólo quisiera que se quedara tranquilito, callado se ve tan bonito, como cuando lo conocí. Estaba sentado con mis amigos y mientras ellos discutían sobre algo sin sentido, para mí por lo menos y como siempre, él miraba con calma hacia la ventana o hacia ellos, y sonreía. Yo me acerqué a saludarlos, nos presentaron y me dijeron que me quedara con ellos. Me senté junto a él, porque se veía tan normal, tan incapaz de tejer tejemanejes y simplemente nos quedamos sentados, hablando de cosas simples y sonriendo por bobadas. El tiempo fue pasando y todo fue cambiando. Al principio no hubo peleas o discusiones, creo mientras no me tenía confianza. Ya luego comenzaron las muestras de poder, que yo no cedo si tú no aceptas que eres culpable en esto, esto y esto, y pues cual es la diferencia, si para él sólo cede cuando ve que me humillo y debo pedir perdón de rodillas... igual siempre cedo, no se me cae nada, pero él no lo ve así. Dice que puedo pedir disculpas pero que por dentro de mí se cocinan no sé cuántas cosas oscuras y absurdas en contra de él, de él que quiere que salga todo perfecto, todo tan bonito. Y luego le fue incorporando más elementos a las discusiones, para terminar en que a veces se da golpes de pecho porque se equivoca, pero sus equivocaciones sólo se originan de su temor a perderme, de su necesidad de hacerlo todo en nombre de su amor puro y que raya con lo sagrado, con algo celestial. Entonces yo digo que está bien, que algo que hizo me dolió, pero que puedo disculparlo, que entiendo que se equivocó y ya, pasemos al siguiente capítulo. Pero él no, quiere más, siempre quiere más y yo ya no tengo más que dar. Sólo pienso en la forma de escaparme, no quiero estar aquí, quiero que todo se acabe, por qué las cosas no se acaban cuando uno quiere, ¿qué tendría que pasar para que ya todo se acabara? Y si le dijera que he estado con otras personas, tal vez me de un puño, unas patadas, o me mate. Pero ya me libraría de todo esto. Preferiría que me matara exactamente ahora con tal de no seguir escuchando. ¿Por qué el mundo no desaparece cuando uno cierra los ojos, y ya? Todo se debería esfumar. Cierro los ojos con fuerza, para que se vea todo oscuro oscuro, con los brillitos que se conservan de la luz, como estrellitas de colores, que se mueven rápido y se siente algo así como un calorcito. O cerrar los oídos... cuando no veo algo casi no puedo escuchar si no quiero, lo intento, se escucha su voz como una cascada de agua. Creo que empiezo a lograrlo, voy a desaparecer. Ahora me sacude, abro los ojos y todo vuelve a aparecer. Lo puedo hacer una, dos, tres, mil veces. Cierro los ojos y el mundo desaparece, es decir, yo desaparezco, los abro y ahí está. Aparece, desaparece, me mareo, ok. Se acabó. Me voy.

Cuando salí de esa habitación llena y cerrada de vapores humanos que han pasado por alguna emoción fuerte durante varias horas, ya no había sol en la calle. La luna no estaba llena, no noté ni siquiera si había luna. Caminé durante mucho tiempo. Caminé las horas hasta que el sol volvió a aparecer y todo se iluminó. No me siento cansada, pero vuelvo a mi casa. Lo encuentro sentado en la puerta de mi edificio. Quisiera patearlo y acabar con todo de una vez. Pero llora, se retuerce, se revuelca en su propio vómito y pide perdón. Odio sentir compasión, y es lo que siento en este momento. Esto nunca se va a acabar, siento compasión por él y odio contra mí por sentir compasión. Parece logró que me volviera como él, ya tengo emociones complejas. Mejor me entro y no lo escucharé más. Así desaparece. Ya me harté. Voy a dormir.

Moscú, Mayo 2007

четверг, 10 сентября 2009 г.

DE ABURRIMIENTO UNA NOCHE

Salimos del club ya casi a las tres de la mañana. ¿Qué hacer? No lo habían cerrado todavía, pero ya se había convertido en algo insoportable el olor a cultura e intelecto. Todos estaban sentados fumándose sus cigarrillos con aire de sabiduría y meditación profunda (un aire que por lo general me da náuseas, físicamente hablando), y escuchando el jazz suave que casi ni se percibía. Así que antes de quedarnos dormidos, salimos a caminar, a recorrer la ciudad, también aprovechando que el invierno todavía no había llegado y se podía tranquilamente estar en la calle sin congelarse. Regresar a casa es imposible a esa hora. En primer lugar, el metro está cerrado y en segundo, tomar un taxi es un lujo inconcebiblemente caro e innecesario. Por lo demás, el alcohol en la sangre no tenía la gradación suficiente que le hace a uno disfrutar cualquier ambiente y bailarse hasta un ritmo hecho con las palmas.

En pleno centro moscovita hablar con la gente es fácil. Con borrachos, sobre todo. No están ya las familias de perros callejeros cuyas trazas se pueden seguir por las calles latinoamericanas en las madrugadas de aburrimiento e insomnio, así que seguimos a un par de rusos borrachos y comunicativos. No es algo difícil de encontrar tampoco, pues generalmente los rusos son borrachos, y cuando están borrachos son muy comunicativos.

Estuvimos caminando casi una hora hasta que nos cansamos. Compramos unas cervezas y nos sentamos a hablar en un parque, al lado de una estación de metro. Mis dos compañeros de ruta buscaban casi con desespero alguna muchacha a la que aunque fuera pudieran ver y cuya belleza pudieran apreciar, decir lo buena que está y en fin, comentar entre ellos las bondades con las que la naturaleza la ha adornado. Pero a esta hora la única que podía hacer este tipo de comentarios era yo, porque en la noche hay sobre todo (y casi sólo) hombres. Pero ni eso, porque los tipos que nos habíamos encontrado no los merecían. Finalmente se aburrieron de nosotros y se fueron, y nos quedamos de nuevo los tres, sentados, hablando, contemplando el precoz amanecer de las cuatro de la mañana. Sin nada que hacer y ociosos, se nos ocurrió que podríamos distraernos un poco si nos besábamos entre nosotros. Así lo hicimos un rato, pero luego yo confesé que no sacaba ningún placer de esta situación, pues a ellos ya los había besado en otras ocasiones y se me hacía monótono. Entonces como enviados del cielo aparecieron dos bellezas engendradas por la madre Rusia, por supuesto no hablaban español y ya cuando interactuaban con nosotros mis amigos me retaron a que yo no sería capaz de tener algún acercamiento sexual con alguno de ellos.

La sola idea del hecho como reto me sacó de la modorra en que estaba y acepté con mucho gusto. Para sorpresa de mis amigos, uno de los tipos quedó maravillado con mi belleza. Pero me hice de rogar cuando me pidió por favor dejarlo tocar un pedacito de mi mano aunque fuera con la puntica de su dedo. Me había interesado más su compañero, pero la apuesta no había especificado nada. Así que el juego podía continuar. Finalmente acepté su mano que agarré rápidamente y más fuerte de lo que él esperaba pero con sutileza. Y con la misma expresión la llevé a mi boca primero y la deslicé hacia mi pecho, y luego levantándome un poco la falda, la puse entre mis piernas. Estaba tan sorprendido que no sabía qué hacer, pero antes de que reaccionara, ya me había puesto de pie y lo estaba besando. Pensó que era una prostituta y avergonzado, dijo que no tenía dinero para pagarme y se fue. De hecho se fueron los dos. Pero yo había ganado mi apuesta. Discutimos divertidos, recordando la cara que había puesto, su reacción de asombro y el hecho de que dijo que no podría pagar cuando nadie le estaba cobrando nada. Así pasó otra media hora, hasta que empezamos a repetirnos en comentar los detalles y el aburrimiento nos devolvió al querer encontrar algo nuevo para distraernos. Pero pronto apareció de nuevo su amigo y me pidió por favor que disculpara al otro por su estupidez, que hacía falta ser un idiota para rechazar a una belleza como yo. Le dije que mi intención nunca había sido cobrarle a nadie, y mis amigos ya no podían sostenerse de la risa. El tipo sacó una cámara de su maleta y me dijo que tenía algo muy loco que pedirme, que nunca había visto a una chica tan linda como yo, ni mucho menos la había besado, así que quería besarme y tener un recuerdo de tan glorioso momento.

Nos alegramos de haber encontrado por fin al pervertido que nos sacara del hastío y nos pusimos manos a la obra. No iba sólo para un beso, por supuesto, pero yo le dije que era aburrido tener sexo y ya, siempre lo mismo, que mejor pensábamos en algo más interesante. De una vez le aclaré que no me interesaba el sexo en grupos porque es lo mismo pero con más gente, y mis ganas no son tan exhuberantes como para desear a tanta gente al mismo tiempo.

Le conté que mi esposo me esperaba en casa durmiendo, que lo imagináramos cómo podría estar soñándonos. Que yo corro mi falda y hundo mi mano entre mis piernas, que él mismo vea cómo está ya todo húmedo y me ayude con sus manos pero en otras partes del cuerpo, mientras yo uso mis pies con él. ¡Y todo en la cámara! Pero él no se quiere conformar con este juego y ya, quiere más e intenta completar todo. Pero yo no quiero, categóricamente me niego. Así que la lucha comienza. Sinceramente no quiero, me está dañando mi fantasía y no quiero contagiarme de nada. ¡Yo no quería!, pero él me sujeta fuerte de las manos y me da un par de golpes, por perra, porque él quiere completar todo. Y mis amigos creyendo que es lo que quiero siguen encantados grabando. Y me viola, por todas partes me penetra, mientras yo sollozo porque los golpes no me dejaron ni fuerzas para gritar. Y termina y la pesadilla se acaba, pero de alguna forma yo también quedé satisfecha, y no sólo porque terminó sino porque no sé de qué forma he tenido uno de los orgasmos más intensos de mi vida. Y cuando termina, me toma con suavidad la cara con sus manos, me besa y me pide disculpas, y me da las gracias. De hecho a todos nos agradece, recoge su cámara y se va. Ya han abierto el metro, así que volvemos a casa. Y yo voy a mi casa, en donde me espera durmiendo mi esposo, sin haberme soñado.





Moscú, Agosto de 2006.

LLORONA

Ahora que vago por mundos que no conozco, y que en momentos creo conocer, no puedo comprender o deducir la verdad de lo que me trajo aquí. ¿Es una pesadilla lo último que recuerdo? ¿Fue el peor de los sueños o así sucedió realmente? Ya no sé cuántos días o semanas o años, o tal vez siglos, he estado en este encierro. No puedo dejar de caminar y gritar, y llorar y llamarlo sintiendo que se me desgarra el alma, el pedacito de alma que me quedó después de este dolor que la mató. Y no entiendo por qué, cuando las personas me ven, salen corriendo, gritando, llorando también, como si hubieran visto la muerte de frente, como si los estuvieran torturando. Veo en sus caras el terror, el mismo que llevo dentro, y que me hace gritar de esta forma… y cuando los veo parece que sus rostros fueran el espejo que refleja mi alma atormentada. Ahora carezco de esa noción del tiempo y del espacio que tenía tan clara antes de aparecer en este túnel. Antes de sentir los olores de la gente, y de escuchar y comprender lo que sus almas dicen. Antes de todo eso podía asegurar el momento o el lugar en que me encontraba. Tenía una noción de secuencia temporal: me decía, este fue el pasado, este es el presente, de esta forma planeo el futuro. Todo cambió. Estoy en el laberinto del tiempo. Y del espacio también. Las calles de todos estos pueblos en los que tarde de noche aparezco son todas iguales. Todo es igual. Y no sé en dónde estoy. A cada parpadeo que doy estoy en otro lugar; a veces estoy junto a estos ríos ruidosos que me desesperan, que gritan y lloran y se quejan de su eternidad, y otras sólo estoy en este agujero húmedo y oscuro, en el que todos los ruidos que vienen de no sé dónde retumban entre las paredes de mi cráneo. Y esta es la eternidad. Es mi eternidad.
La humedad se pega en la piel, y si trato de removerla, el sudor de mi mano la aumenta en mi frente. Se mete en mis fosas nasales, y ¡me ahogo! Me ahogo como él, así como se veía su carita sumergiéndose en el agua, ¿y quién lo sumergía ahí? ¿Por qué lo estoy sumergiendo ahí? ¿Por qué su cara se va hinchando poco a poco, como se me hincha la mía a cada respiro que doy de humedad y agua, este río que grita y no me deja pensar?
Parece ser siempre de noche. Tal vez por eso puedo escuchar hasta el ruido más leve, como el de una hoja cuando cae, o como cuando alguien susurra o respira. No hay silencio en mi cabeza, se llena de todos los sonidos de la noche y ¡no me dan paz! ¡No se callan! ¡No se van! Es el susurro eterno de la vida que siempre se renueva, que no se detiene, que parece un carro halado por caballos desbocados y enfurecidos, sin final. Y esa es la eternidad.
Y cuando cierro los ojos y todo es oscuridad, veo las imágenes de lo que hice. Una y otra vez está mi hijito entre mis brazos y su carita se hunde en las aguas revueltas ruidosas desesperadas. Y cuando desperté ya no supe si lo hundía o lo sacaba. No quiero saber. Sólo grito y lo busco, lo busco en cada rincón de las riberas de estos ríos escandalosos que no quiero seguir escuchando ni viendo. Pero que no veo, todo está tan oscuro y abro los ojos y la oscuridad sigue allí; y están estos árboles que parecen monstruos que me van a devorar y van a devorar el cuerpecito frío, morado de mi bebé, y ya vuelvo a cerrar los ojos y no lo veo más, ¿en dónde está? Todo es oscuridad y me invade el frío de su cuerpo, ya no siento más su vida que latía contra mi pecho. Y esta es la eternidad.
Miro hacia arriba, estoy en el fondo del abismo. Esas montañas son inmensas, ahí están impasibles, durante siglos.

Y esa es la eternidad.

2005

PERDIDO EN LA CIUDAD


Se había estado despertando durante toda la noche, una vez cada media hora, con la sensación de no saber en dónde estaba, y de estar repitiendo escenas de su vida pasada en diferentes momentos en variados lugares. Por eso, ya a las siete de la mañana, cuando definitivamente ya tenía que levantarse, lo atacaba un dolor de cabeza intenso, un sabor amargo en la boca, seca, como si hubiera estado tomando alcohol durante toda la noche, y la sensación de un taladro penetrándole todos los músculos del cuerpo al mismo tiempo, desde la cabeza hasta los pies. Todo lo hizo según la costumbre diaria, y salió a la calle, inusualmente vacía, fría, extraña. Sinitió estar como en un sueño, pero por alguna razón tenía la certeza de estar despierto, y sabía que sus impresiones eran producto de una mala noche, del cansancio acumulado de varios días de trabajo sin un buen descanso. Sólo una ilusión, como el deja-vu, en el que se cree ya haber vivido una situación específica, pero de hecho es simplemente un ‘error’ en la comprensión lineal-temporal del cerebro. Sólo algo físico a lo que se le han dado explicaciones místicas y sobre lo que se especula.
Pero en la calle no hay carros, no hay gente, no hay ni siquiera perros, gatos, pájaros. El viento tampoco sopla y es agosto, famoso por sus fuertes vientos en esta zona del mundo. A veces tan fuerte que no se puede caminar en la dirección deseada sin tener que detenerse y esperar a que pase un poco la ventisca. Y hoy ni siquiera puede percibir una brisa suave, ni nada que anuncie que el mundo está activo. Mira al cielo, no hay nubes y la claridad del día no parece resultado de un sol vivo que alumbre y caliente. No hay nubes y sin embargo hay un color gris en todo, como cuando está a punto de llover. El frío es intenso.
Sigue caminando hasta la parada del bus. Ya habrán pasado veinte minutos y la ciudad sigue sin dar señales de vida. Llega a su primer destino y espera, solo, y por la avenida no pasa ningún carro. Tal vez hoy es domingo, y es tan temprano, por eso la gente en la ciudad no se dirige a sus trabajos ni a ningún lado por ahora. Nadie trabaja, nadie estudia hoy. Mira su reloj, que junto con él es el único que se mueve. La fecha no muestra un domingo, de eso está seguro.
Es inútil seguir esperando. Va a llegar demasiado tarde al trabajo. Tal vez hoy haya paro de transportadores, por eso no hay buses ni taxis. Sabe que a pesar de los paros y huelgas en su oficina siguen trabajando, como si nada pasara, pues la mayoría de sus colegas tienen carro particular, por eso decide irse a pie. Tal vez se tarde una hora, pero ya la curiosidad ha crecido y quiere ver si en otras partes de la ciudad todo está como acá.
Camina, camina. No hay nada abierto, no hay nadie. Está solo en la ciudad. ¿Cómo pudo haber pasado? Tal vez hubo una orden de evacuación mientras dormía. Tal vez empezó una guerra y todos huyeron. Tal vez tuvo un ataque de algo que lo mantuvo en coma durante varios días y mientras estuvo inconciente sucedió no sabe qué terrible acontecimiento y todos huyeron o murieron, o quién sabe qué. Pero una guerra cómo pudo haber habido, todo está en su respectivo lugar, no hay nada destruído, ni ruinas ni nada por el estilo, y, de todas formas, en caso de guerra habría muertos en la calle, alguna señal de violencia y destrucción. El frío es muy intenso, todo es tan gris, pero no en color, sino en sensación. Empieza a temblar no sólo por el frío.
Decide entrar en una casa, comprobar si hay gente en la ciudad. Escoge una casa cualquiera y primero golpea a la puerta. Suave y poco a poco con más fuerza, casi con desesperación, hasta que empieza a involucrar golpes, puños, patadas que acompaña de gritos, gritos que piden que le abran y lo dejen entrar. No recibe ninguna respuesta y decide forzar la puerta y entrar por sí mismo. En caso de que llegue la policía pensarán que padece de alguna ‘situación mental’, así que no lo confundirán con un ladrón o asaltante. Pero dentro de la casa no hay nadie. Todo está en orden. Hay un reloj en la pared que se mueve perfectamente al ritmo de su reloj de pulsera, que marca la misma hora y que no da señales de anormalidad temporal en el mundo. Repite esta misma acción en varias casas más. Empieza a desear poder despertarse en cualquier momento, pero, ¿por qué sigue teniendo la certeza de que no está durmiendo? El frío es intenso. Muy intenso. Demasiado intenso.
Durante todo el día hace lo mismo. Entra en casas, con la esperanza ahora de que llegue la policía y lo lleve preso. Pero la ciudad sigue vacía. Se devuelve a su casa, se acuesta en la cama y trata de cerrar los ojos, para que cuando los abra otra vez las cosas hayan recuperado su orden. Mañana seguro irá a trabajar, incluso si no hay carros irá a pie, ya sin distraerse en entrar en casas de desconocidos. Y cierra y abre los ojos, una y otra y otra vez. Toda la noche. Una vez cada media hora. Y cuando en la mañana se despierta, pues ya son las siete y debe prepararse para ir al trabajo, ¡el frío es tan intenso!, tiene un dolor de cabeza fuerte, la sensación de haber estado corriendo toda la noche y un dolor en todos los músculos del cuerpo, como si un taladro le hubiera estado perforando cada parte de su ser. Sale a la calle, pero no hay carros, ni gente, ni gatos ni perros ni pájaros. Todo sigue vacío. El frío es muy intenso.
Moscú 30.10.06