Saco el piecito todavía tibio de debajo de las cobijas. Tímido apenas se asoma al mundo y antes de que yo abra los ojos, intenta descorrer la cortina para que la luz del día ¡tan temprano!, ilumine toda la habitación. Pero, ¡qué es esto!, son las ocho de la mañana y ni siquiera ha empezado a amanecer. El cielo está tan nublado que no deja que el calorcito del sol traspase hasta esta tierra de animales bípedos enfurecidos. ¿Cómo se supone que me voy a levantar de la cama e irme para el trabajo?, mejor me quedo acá durmiendo, y voy a hacer lo que digan mis ojos y mis ojos no se quieren abrir. Ni para qué abrirlos si ya sé exactamente qué voy a ver. Ahí está la mesa grande esa con el computador y la silla al frente como siempre, tan incómodos que de sólo pensar que me tengo que sentar toda la noche ahí ya me siento cansada. Y luego el baño, tener que ir, bañarme, vestirme, cepillarme los dientes. Más allá la sala, la cocina con la montaña de losa sucia que ya empieza a apestar de tantos días que lleva ahí estática, estática como mi vida, como mi cuerpo y como mi cabeza. Ni percibo el tiempo, ni cuando estoy acostada en esta cama, ni cuando tengo que caminar por la calle, ni cuando estoy sentada en el trabajo.
Ya ha pasado más de media hora. Una eternidad o un segundo no parecen diferentes. Miro el reloj colgando en la pared, se mueve pero no cambia nada. Todo sigue igual, la mesa, la silla, el computador, el baño, la sala, la cocina y la losa sigue apestando; afuera la ciudad, adentro yo. Y yo que no voy a abrir los malditos ojos para no encontrarme con el maldito mundo de frente, como quien se estrella contra una pared sin darse cuenta. Hoy no quisiera estrellarme contra el mundo, que apesta como mi cocina. Y para qué llegar al trabajo, tener que saludar con mi misma cara de culo a todo el mundo, esforzando la sonrisa para que no digan que estoy amargada. Y para qué tener que hablar con ellos, siempre contando sus mismas estupideces, esas ‘pequeñas cosas que hacen al mundo, mundo’. No piensan más sino en sus pequeñas tristezas y sus pequeñas alegrías, siempre contando las preocupaciones cotidianas. ¡Y a mí qué si sus maridos son infieles, si sus hijos salieron drogadictos y las hijas adolescentes tienen sexo ya (y con todos sus amigos) y ya están en boca de todo el vecindario! Y a mí qué si sus tripas no funcionan bien, tienen problemas de circulación, várices, celulitis, ¡cualquier mierda de esas! Si solucionan o no sus problemas no cambia el hecho de que al sol lo esté tapando la tormenta que está cayendo, sus decisiones o indecisiones no van a limpiar mi cocina ni a darme ánimos de levantarme hoy, o mañana, o cualquier otro día de la existencia a la que el ciclo de la naturaleza me condenó.
Nada de lo que pase en nuestras nimiedades cotidianas le va a dar movilidad al mundo que nos traga con su estática. Y ya se me hizo tarde otra vez para irme. Otra vez tendré que saltar al baño, no desayunar y correr al bus, lleno de gente, y todo se mueve, y todos gritan, y todos tienen caras de tragedia. El desorden de esta ciudad infernal. Ya es el medio día y no para de llover, todo sigue oscuro. Y llego al trabajo y todos están ahí tan sonrientes, otra vez tarde, como siempre, pero si no es de sorprenderse, y murmullos, quién sabe qué estuvo haciendo anoche, dicen que anda en no sé qué cosas, con el uno y con el otro, y claro, por eso siempre llega con esa cara, pero será que ninguno la hace feliz, porque después de una noche de pasión siempre queda una bien relajadita y ésta, pues, como un alacrán, cada vez peor. Pero hoy seguro la botan, si no sirve para nada. Y entro y me llama el jefe, que ya no se puede con usted, esta situación ya no da para más, ya no nos la aguantamos más, está despedida. Trabajo hoy y a las seis como siempre me devuelvo pero ya sin trabajo, igual da, todo sigue igual. Igual me subo al bus, lleno de gente, igual. Igual el conductor se nombra con otro a sus madres que no fueron propiamente unas santas, e igual llego a mi casa cansada a sentarme en el computador que me sigue esperando encima de su mesa con su silla, y la montaña de porquería apestosa en la cocina.
Y ya pasó media hora, ¡pero si dije que iba a dormir sólo cinco minutos! Ahora tengo que saltar al baño…
Agosto 2006.
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