четверг, 10 сентября 2009 г.

LLORONA

Ahora que vago por mundos que no conozco, y que en momentos creo conocer, no puedo comprender o deducir la verdad de lo que me trajo aquí. ¿Es una pesadilla lo último que recuerdo? ¿Fue el peor de los sueños o así sucedió realmente? Ya no sé cuántos días o semanas o años, o tal vez siglos, he estado en este encierro. No puedo dejar de caminar y gritar, y llorar y llamarlo sintiendo que se me desgarra el alma, el pedacito de alma que me quedó después de este dolor que la mató. Y no entiendo por qué, cuando las personas me ven, salen corriendo, gritando, llorando también, como si hubieran visto la muerte de frente, como si los estuvieran torturando. Veo en sus caras el terror, el mismo que llevo dentro, y que me hace gritar de esta forma… y cuando los veo parece que sus rostros fueran el espejo que refleja mi alma atormentada. Ahora carezco de esa noción del tiempo y del espacio que tenía tan clara antes de aparecer en este túnel. Antes de sentir los olores de la gente, y de escuchar y comprender lo que sus almas dicen. Antes de todo eso podía asegurar el momento o el lugar en que me encontraba. Tenía una noción de secuencia temporal: me decía, este fue el pasado, este es el presente, de esta forma planeo el futuro. Todo cambió. Estoy en el laberinto del tiempo. Y del espacio también. Las calles de todos estos pueblos en los que tarde de noche aparezco son todas iguales. Todo es igual. Y no sé en dónde estoy. A cada parpadeo que doy estoy en otro lugar; a veces estoy junto a estos ríos ruidosos que me desesperan, que gritan y lloran y se quejan de su eternidad, y otras sólo estoy en este agujero húmedo y oscuro, en el que todos los ruidos que vienen de no sé dónde retumban entre las paredes de mi cráneo. Y esta es la eternidad. Es mi eternidad.
La humedad se pega en la piel, y si trato de removerla, el sudor de mi mano la aumenta en mi frente. Se mete en mis fosas nasales, y ¡me ahogo! Me ahogo como él, así como se veía su carita sumergiéndose en el agua, ¿y quién lo sumergía ahí? ¿Por qué lo estoy sumergiendo ahí? ¿Por qué su cara se va hinchando poco a poco, como se me hincha la mía a cada respiro que doy de humedad y agua, este río que grita y no me deja pensar?
Parece ser siempre de noche. Tal vez por eso puedo escuchar hasta el ruido más leve, como el de una hoja cuando cae, o como cuando alguien susurra o respira. No hay silencio en mi cabeza, se llena de todos los sonidos de la noche y ¡no me dan paz! ¡No se callan! ¡No se van! Es el susurro eterno de la vida que siempre se renueva, que no se detiene, que parece un carro halado por caballos desbocados y enfurecidos, sin final. Y esa es la eternidad.
Y cuando cierro los ojos y todo es oscuridad, veo las imágenes de lo que hice. Una y otra vez está mi hijito entre mis brazos y su carita se hunde en las aguas revueltas ruidosas desesperadas. Y cuando desperté ya no supe si lo hundía o lo sacaba. No quiero saber. Sólo grito y lo busco, lo busco en cada rincón de las riberas de estos ríos escandalosos que no quiero seguir escuchando ni viendo. Pero que no veo, todo está tan oscuro y abro los ojos y la oscuridad sigue allí; y están estos árboles que parecen monstruos que me van a devorar y van a devorar el cuerpecito frío, morado de mi bebé, y ya vuelvo a cerrar los ojos y no lo veo más, ¿en dónde está? Todo es oscuridad y me invade el frío de su cuerpo, ya no siento más su vida que latía contra mi pecho. Y esta es la eternidad.
Miro hacia arriba, estoy en el fondo del abismo. Esas montañas son inmensas, ahí están impasibles, durante siglos.

Y esa es la eternidad.

2005

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