Escena 1
Cuando entraron en la casa con
antorchas y unas cuantas escopetas viejas, el pavor ya se había hecho tan
fuerte en todos los que estaban dentro, que el cuerpo, por no poder temblar
más, se había quedado paralizado. Mientras recorrían todas las calles del
pueblo, se escuchaban sus gritos con consignas y unos pocos y sofocados gemidos
de quienes iban atrapando y eliminando fulminantemente de un solo tiro.
Consignas, el disparo, el gemido. Y unos gritos de mujeres llorando a sus
muertos. Y el llanto de unos niños asustados por el alboroto y los gritos de
sus madres. Cuando el alcalde se coló por la ventana ya no parecía un ser
humano. Se veía como un alma en pena, de esas de los cuentos de espantos.
Alumbraba su piel pálida y verde a la media luz. Entró y no pronunció palabra.
Se le dejó entrar y esconder en uno de los armarios del cuarto principal.
Golpes en la puerta. Silencio anterior a la muerte. El timbre en los oídos que
anuncia un pronto desmayo. El mundo mediado por una pantalla blanca y brillante,
barrera contra el mundo. El mundo no traspasa, los ojos no pueden verlo. Caras
al otro lado de la puerta titilando al ritmo de las llamas que la leve brisa de
la madrugada mueve caprichosa. Escopetas oxidadas por la humedad de todos los
rincones de este pueblo fértil, de lluvias todo el año sin descanso. Unos
cuantos pasos hacia el frente y ya están dentro de la casa. Buenas noches, por
acá no se habrá metido un bandido, prófugo de la justicia? Aquí no hay nadie
que no sea de la familia, sargento, si quieren, pasen y revisen. Las sombras se
mueven por las paredes, suben y bajan del suelo al techo y al revés. Se hacen
grandes en el centro de las paredes, luego pequeñas en los rincones. Susurros,
golpes de botas contra el piso, pasos pesados de hombres bien alimentados. Un
olor a gasolina se apodera de la casa. Gasolina mezclada con sudor. Sudor
mezclado con sangre. Han disparado desde lejos a sus enemigos, pero la muerte
se les ha ido pegando a la piel. En la penumbra sólo se perciben ojos abiertos
de pupilas dilatadas, fosas nasales muy abiertas también que aletean tratando
de capturar oxígeno entre la humedad. Revisan debajo de las camas, en las
alacenas de la cocina, en muchos de los armarios. No hay nada, mi sargento, la
casa está limpia. Discúlpenos señora, por las incomodidades. Ojalá no tengamos que volver, usted sabe…
Se van.
1 комментарий:
Ничего не понял, но уверен, что красиво и интересно
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